Hay etapas que terminan con un examen. Otras terminan cuando miras hacia atrás y te das cuenta de todo lo que has vivido.
Hace unos días defendí mi Proyecto Fin de Grado. Sin embargo, quienes me conocéis, sabéis que este trabajo representa para mí mucho más que el final de una asignatura y de un proyecto académico.
Supone el cierre de una etapa que comenzó hace muchos años, cuando crucé por primera vez las puertas un 3 de septiembre en la entonces EUIT. de Telecomunicación (hoy ETSI. y Sistemas de Telecomunicación) siendo un chico perdido que únicamente quería estudiar una ingeniería. Todavía recuerdo aquella primera clase de Talleres de Iniciación a la Ingeniería de la mano de Elena Blanco, sin imaginar y sin ser consciente de todo lo que estaba por venir.
Nunca pensé que la universidad acabaría convirtiéndose en una parte tan importante de mi vida.
Durante estos años he tenido la oportunidad de crecer no solo como estudiante, sino también como persona. He aprendido que la universidad va mucho más allá de aprobar asignaturas, entregar prácticas o preparar exámenes. Es un lugar donde conoces personas extraordinarias, donde descubres oportunidades que jamás imaginabas y donde muchas veces aprendes tanto fuera del aula como dentro de ella.
Y sí… también hubo asignaturas que decidieron acompañarme más tiempo del previsto. Con Electromagnetismo y Ondas he mantenido una relación similar a una montaña rusa, con sus subidas, sus bajadas y con algún que otro giro de guion inesperado. Pero viéndolo con perspectiva, hasta eso forma parte de los recuerdos que me llevo con una sonrisa.
Aunque, si hay algo que terminó marcando mi paso por la universidad fue la representación estudiantil.
Lo que comenzó casi por casualidad acabó convirtiéndose en una parte fundamental de mi vida universitaria. Me dio la oportunidad de participar en la construcción de una universidad mejor desde dentro, de trabajar en proyectos que nunca habría imaginado cuando empecé primero y, sobre todo, de conocer a las personas que hay detrás de los cargos, los despachos y las aulas.
La representación estudiantil me permitió romper ese muro invisible que muchas veces nos imponemos y que parece existir entre profesor y estudiante. Descubrí que, más allá del profesor que imparte una asignatura o del miembro de un equipo directivo, hay personas con las que se puede dialogar, debatir, reír y construir proyectos comunes desde el respeto. Esa es, probablemente, una de las mayores enseñanzas que me llevo de todos estos años.
Enlazado con esto quiero empezar agradeciendo a Amador, quien fue director de mi Escuela durante gran parte de mi etapa universitaria, por la cercanía, la confianza, el apoyo que siempre mostró hacia los estudiantes y el esfuerzo que dedico a mejorar la escuela y cuya labor hoy en día sigue manteniendo su sucesora, Juana , con quien además tuve la suerte de coincidir como profesora en Análisis de Circuitos II. Lo dije en mi último Consejo de Escuela, estoy convencido de que la Escuela queda en buenas manos. Mi agradecimiento se hace extensivo a todos los equipos directivos, al profesorado y al PTGAS con los que he tenido la suerte de compartir estos años.
Del mismo modo, no puedo olvidarme de mi querida Universidad Politécnica de Madrid y de quienes han tenido la responsabilidad de dirigirla durante todos estos años.
Quiero agradecer al rector emérito Guillermo Cisneros y al equipo rectoral que le acompañó durante sus mandatos, junto a todos y cada uno de los miembros del personal del Rectorado (así no me dejo a nadie, que no sería la primera vez que me ocurre) por la confianza depositada en la representación estudiantil. A lo largo de estos años hemos compartido muchos momentos de diálogo, de cooperación, de colaboración y, como en toda relación institucional, también de discrepancia. No siempre pensábamos igual y hubo ocasiones en las que defendimos posiciones muy diferentes, pero siempre encontré al otro lado la voluntad de escuchar, dialogar y buscar puntos de encuentro.
Para mí ha sido un auténtico privilegio poder participar en proyectos de gran calado para nuestra Universidad. Son iniciativas que, a menudo, pasan desapercibidas porque no forman parte del día a día de los estudiantes, pero que sientan las bases sobre las que se construye la institución. Haber podido contribuir, desde la representación estudiantil, a la adaptación de los Estatutos de la UPM a la Ley Orgánica del Sistema Universitario y a otros cambios estructurales que marcarán el futuro de la Universidad es una experiencia que llevaré siempre conmigo.
Del mismo modo, como ya hice en su momento, quiero trasladar mis mejores deseos al nuevo equipo rectoral que comenzó hace ya casi dos años. Estoy seguro de que, desde el diálogo, el consenso y el trabajo conjunto con toda la comunidad universitaria, sabrán afrontar los retos que tiene por delante la Universidad Politécnica de Madrid.
Pero, si alguien me preguntara cuál ha sido el mayor regalo que me ha dado esta universidad, probablemente no hablaría de una asignatura, ni de un examen, ni tan siquiera de un título. Hablaría de la Delegación de Alumnos/as.
Todavía me emociono cuando recuerdo mis inicios, complicados. Entré siendo un estudiante, inseguro, con ganas de ayudar, de aprender, y con el paso del tiempo, casi sin darme cuenta, terminó convirtiéndose en mi segunda casa.
Allí aprendí muchísimo más de lo que jamás habría imaginado. Aprendí a escuchar antes de hablar, a negociar, a gestionar equipos y recursos, a organizar proyectos, a asumir responsabilidades y, sobre todo, a entender que representar a los estudiantes no consiste en ocupar un cargo, sino en dedicar tu tiempo, dejar a un lado tu propio interés para hacer lo que beneficie a la mayoría y mejorar la universidad de quienes vienen detrás.
Pero también aprendí que la representación estudiantil tiene un precio. Detrás de cada cargo, de cada proyecto y de cada logro hay muchas horas que no se ven. Han sido incontables tardes que no pasé con mis padres, fines de semana dedicados a reuniones (a altas horas de la noche, como no), horas de estudio sustituidas por cálculos de tesorería, pegarme con algún bit rebelde o informes, y decisiones complicadas que, en ocasiones, me hicieron perder a personas importantes por el camino.
También hubo momentos en los que la responsabilidad terminó pasando factura al descanso, a la salud e incluso a la salud mental. Porque, a veces, el mayor desgaste en órganos unipersonales es también el menos visible. Sin embargo, nunca he entendido esos sacrificios como un motivo de arrepentimiento, sino como el precio de haber tenido la oportunidad de trabajar por un proyecto en el que siempre creí y sigo creyendo ciegamente.
Han sido muchos años, muchos cargos, muchas reuniones y muchos retos. Pero, sobre todo, han sido años llenos de personas extraordinarias que han dejado una huella imborrable en mi vida. A todas ellas, gracias.
Gracias por haberme permitido formar parte de una historia que comenzó mucho antes de que yo llegara y que continuará mucho después de que nosotros nos marchemos. Gracias por las amistades que me llevo, por las horas de trabajo, por los viajes, por las interminables juntas, por los consejos, por los proyectos que parecían imposibles y terminaron saliendo adelante, por las risas, por las discusiones que siempre acababan construyendo algo mejor.
Aunque, como dijo un Sr. magnífico un 21 de diciembre, “Qué políticamente correcto es usted Sr. Plaza”.
Siempre he oído el lema de: «No pases por la universidad sin que la universidad pase por ti». Y, mirando hacia atrás, creo que ambos hemos cumplido esa parte del camino.
Hoy salgo siendo ingeniero, pero también con una mochila llena de experiencias, aprendizajes y recuerdos que jamás habría imaginado cuando crucé aquellas puertas por primera vez.
Gracias 😉